La bacteria asesina de olivos

En la carrera tuve una gran profesora de Fitopatología: la Dra. Jone Aguirreolea. Recuerdo que a todas nos encantaba “Fitopato” sólo por lo increíblemente ordenadas y claras que eran sus explicaciones. Podías terminar la asignatura casi escribiendo un libro sobre el tema gracias a los apuntes tan estupendos que llegabas a tener. Cada día nos hablaba de una enfermedad vegetal, nos explicaba el microorganismo que la causaba y exponía su ciclo vital y sus posibles tratamientos. En esta asignatura descubrí que los cultivos enferman como las personas y que es necesario curarlos porque las dolencias del campo son también dolencias para nuestra sociedad; si algo no va bien en los cultivos nuestra economía se va al traste. Y al traste pueden irse los olivares españoles por culpa de falsas creencias y una mala gestión gubernamental.

Aunque penséis que soy muy pesada con este asunto no me cansaré de decirlo: las plantas son primordiales. El olivo (Olea europea), especie que lleva siglos formando parte de nuestro paisaje y nuestra cultura popular, aporta mucha riqueza al país. España es el primer productor mundial de aceitunas de mesa y genera el 50% del aceite de oliva que circula por el mundo, es decir, una de cada dos botellas que hay en el mercado posee oro líquido procedente de nuestros olivos. Hablamos de 1 millón y medio de toneladas, una cantidad nada trivial. En este contexto, que un patógeno como Xylella fastidiosa llegue a nuestros campos es un auténtico desastre para la renta patria y además –esto ya es una reflexión personal– una pena muy muy grande.

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Aceites de oliva virgen con denominación de origen en España (Fuente)

Xylella fastidiosa es una bacteria, un ser que no vemos pero que está ahí, en la sombra, acechando para cobrarse a sus víctimas. Y sus víctimas no son personas sino árboles. Penetra en las planta y tapona sus haces vasculares –algo así como el equivalente humano a los vasos sanguíneos–. Como resultado el árbol se seca y muere en pocos días. Se mueve de víctima a víctima gracias a numerosas especies de insectos: son sus vehículos del crimen. La infección por Xylella, que afecta no sólo a olivos sino a almendros, vides, ciruelos y otros frutales, no tiene cura conocida. En caso de infección lo único que puede hacerse es destruir todos los árboles y el material vegetal en un radio de 100 metros. Es desolador. La enfermedad se ha ganado el apodo de “ébola del olivo”, porque una vez llega, al igual que Atila y su ejército de Hunos, arrasa con todo. No hay vuelta atrás.

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En los olivaritos, niña, te espero, con un jarro de vino y un pan casero (Fuente)

Y Xylella ha llegado a la Península Ibérica. Ha aparecido en Guadalest, Alicante, en una finca de almendros. Y la cosa no ha hecho más que empezar. Después de destruir millones de olivos en Italia en 2013 en gran parte por no aplicar las medidas de choque a tiempo, saltó a la Costa Azul y las Baleares y hace un par de meses se detectó en Levante. De momento las autoridades autonómicas están siendo contundentes, y más les vale, porque es la única manera de frenar un auténtico desastre.

Es obvio que financiar la investigación relacionada con este tipo de enfermedades es algo fundamental si queremos seguir teniendo comida en la mesa. Y lo que es más importante, la administración debería tener la información, la formación y la competencia para tomar decisiones basadas en la evidencia científica, y no ceder ante supercherías y conspiranoias. Todos queremos pan con aceite para desayunar, ensaladas bien aliñadas, aceitunas en el vermút y que los olivos centenarios que decoran nuestro paisaje sobrevivan. Sin ellos, las obras de Alberti, Lorca, Machado o Miguel Hernández estarían incompletas. Y nosotros, sin olivares, también.

 

Andaluces de Jaén,

aceituneros altivos,

decidme en el alma,

¿quién, quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,

ni el dinero, ni el señor,

sino la tierra callada,

el trabajo y el sudor.

 

Miguel Hernández

 

* A mi tío Miguel, cuidador de olivos, perales y limoneros, andaluz de piel acartonada por el sol, con la espalda doblada y la sabiduría de un millón de eruditos griegos.

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Los tatarabuelos de nuestras frutas y verduras

Aunque los alimentos transgénicos sean el blanco de las críticas de muchos confundidos y conspiranoicos, lo cierto es que el ser humano lleva alterando la genética de los vegetales durante milenios. Hay que remontarse a la aparición de la agricultura hace 10.000 años para encontrar las primeras modificaciones de genes a pie de campo, sin pipetas ni PCRs, pero empleando básicamente las mismas premisas genéticas que se utilizan ahora. Eso sí a ciegas y con muchísima paciencia. Os vais a sorprender al conocer cómo serían realmente las plantas y frutos que consumimos actualmente si hubiéramos dejado que la naturaleza siguiera su curso y los agricultores hubieran decidido, alegando motivos éticos o apelando a la supuesta “naturalidad” de los alimentos, no llevar a cabo el mejoramiento de cultivos. Continue reading “Los tatarabuelos de nuestras frutas y verduras”