Especial MUNDO SUBMARINO

Si no lo habéis hecho ya, os recomiendo que veáis Lo que el pulpo me enseñó. Ganadora de un Oscar a la mejor película documental, esta cinta muestra la peculiar relación entre un cineasta con una crisis existencial del tamaño de la catedral de Toledo y un pulpo que habita un bosque de algas de la costa sudafricana.

No es amor, es obsesión. Fotograma de «Lo que el pulpo me enseñó» (Netflix)

Me pareció verdaderamente fascinante ver llorar a un señor de mediana edad delante de su mujer y su hijo adolescente porque echa de menos a un cefalópodo — para más inri, hembra —. Durante el metraje, a ratos empatizas con el cineasta y a ratos te parece un poquito zoofílico. Gustos sexuales aparte la película consigue cautivar, pues retrata con mucho cariño y haciendo uso de unas imágenes asombrosas un comportamiento que no esperamos ver en este tipo de animales. Los pulpos pueden llegar a establecer lazos muy singulares con las personas y esto en parte se debe a su gran inteligencia. ¿Inteligentes los pulpos? Bastante más que cierta influencer que dice que el agua deshidrata.

Si me miras con esos ojicos… (Flickr)

Se calcula que hay unas 300 especies de pulpos distribuidas por todos los océanos de nuestro planeta. Su cuerpo es gelatinoso, no tiene huesos y de su cabeza emergen ocho tentáculos repletos de ventosas. A primera vista no parece que tengamos mucho en común con ellos, pero si nos fijamos bien podemos atisbar un par de ojos saltones que nos recuerdan bastante a algo que ya conocemos. Son órganos complejos compuestos por muchas estructuras similares a las nuestras: tienen su iris, su retina, su humor vítreo, sus células pigmentarias y sus fotorreceptores, y funcionan de manera parecida al ojo humano, como una cámara. Pero un pulpo y una persona tienen algo más en común que su visión.

Los pulpos poseen un sistema nervioso muy desarrollado. Tienen alrededor de 500 millones de neuronas, una cifra muy similar a la de algunos vertebrados como los gatos o los perros y alejada de especies supuestamente más parecidas, como los caracoles, que solo cuentan con 20.000 neuronas. Esto explica que puedan hacer cosas que en principio están bastante alejadas del radio de acción de los invertebrados, como manipular objetos — a abrir tarros con comida dentro no les gana nadie—, aprender de otros individuos o reconocer personas y lugares. Aunque a veces se dice que los pulpos tienen varios cerebros en realidad solo tienen uno, pero de él parte un potentísimo sistema de ganglios que recorre sus ocho extremidades. Sus tentáculos pueden funcionar de manera independiente y muchos de los impulsos nerviosos que los atraviesan jamás pasan por el cerebro. En resumen, el sistema nervioso de los pulpos, con un elevado número de neuronas, un cerebro poderoso y un sistema de ganglios muy eficaz, otorga una gran plasticidad a estos animales a la hora de relacionarse con el medio que los rodea. En esa plasticidad está la clave de su éxito, pues gracias a ella son capaces de aprender y adaptarse.

Vamos que vooooooyyyy (Gifer)

Relacionado con el tema de la adaptación, los pulpos son unos auténticos maestros del camuflaje. La clave para esos cambios de color tan impresionantes está en unos órganos llamados cromatóforos distribuidos por todo su cuerpo y que contienen una especie de sacos que albergan pigmentos, es decir, moléculas que reflejan la luz de diversas longitudes de onda — recordad que EL COLOR NO EXISTE —. Los cromatóforos se rigen por lo que dicta el sistema nervioso central del pulpo y se contraen o expanden según las órdenes que reciban. Cuando el saco con el pigmento se expande, éste se esparce por todo el órgano y el animal se ve coloreado, pero cuando se contrae, el pigmento se concentra en el centro del cromatóforo y apenas se aprecia color. La piel del pulpo tiene también dos tipos de células pigmentarias, los iridióforos y los leucóforos, que aportan coloraciones distintas al negro-marrón, rojo y amarillo-anaranjado de los cromatóforos, como tonos azules, plateados y blancos. Por si esta orgía de colores no fuera suficiente, los pulpos pueden cambiar la textura de su cuerpo para asemejarse a rocas, el fondo marino u otras superficies, y esto lo hacen mediante otros órganos llamados papilas, que también son manejados por el sistema nervioso. Ya habréis visto en algún vídeo que los cambios de color y forma de los pulpos, sepias y calamares son muy rápidos y ocurren de manera uniforme, lo cual significa que su red de cromatóforos está controlada y coordinada a la perfección. Una vez más, el evolucionado sistema nervioso del pulpo dotándole de cualidades sorprendentes.

Cromatóforos con el pigmento disperso o concentrado (Wikimedia)

Nuestros simpáticos amigos de ocho patas se pasan el día escrutando el medio que les rodea y su cerebro envía constantemente señales a su cuerpo para que se adapte. Os voy a dar un dato, como dice la ministra: los pulpos pueden llegar a cambiar de aspecto hasta 180 veces en una hora. Francamente, me parece muy estresante tener que estar cada segundo del día transformándote para encajar en tu entorno y no dar el cante. Yo, que me cuesta la vida no decir tacos en el trabajo, si fuera un pulpo no duraría ni dos telediarios. El cineasta sudafricano me habría visto morir a manos de un delfín antes de que terminara nuestra primera cita submarina.

Bonus track: Si queréis saber más sobre cómo cambian de color los pulpos y otros animales y cómo se manifiesta en color en la naturaleza os recomiendo “Genes de colores” (Next Door Publishers, 2022), un libro del genetista Lluís Montoliu con ilustraciones de Jesús Romero.

Artículo publicado en El Lamonatorio para El Mono revista cultural (El Mono #102)

*Imagen de portada: Pixabay

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