Especial FOBIAS

Es un asco tener miedo. Estás incómodo, sudas, tus intestinos y tus esfínteres te traicionan y en ciertos momentos tu vida parece convertirse en un infierno. Y qué decir de las pesadillas, eternas compañeras de cama cuando se visionaba una película que no se debía durante la infancia. Pero, ¿qué pensaríais si os cuento que el miedo es necesario para vivir? No estoy loca: lo dice la ciencia.

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Al igual que ocurre con otras sensaciones la mar de desagradables como son el dolor o la ansiedad (esto ya daría para otro artículo o para varias tesis), el miedo ayuda al ser humano a mantenerse con vida. Este mecanismo neurológico fue adquirido durante nuestros tiempos mozos, cuando aún no teníamos chalets con piscina, ni pisos de 20 m2, ni rifles, y era bastante sencillo caer en las garras de algún depredador mientras caminábamos por el bosque. Al escuchar un ruido o ver una sombra que pudiera significar “peligro de ser engullido” una especie de botón de emergencia se activaba en nuestro cerebro. La amígdala, que así se denomina esta región encefálica que se desarrolló en los mamíferos hace 220 millones de años, es un órgano con forma de almendra que gestiona las emociones (entre ellas el miedo) y puede hacer que nuestro cuerpo responda de una manera u otra dependiendo de lo que perciba. Si percibe “bicho malo con dientes y garras” la amígdala va a enviar señales a nuestro cuerpo y al resto del cerebro para que luchemos o huyamos. Estas indicaciones de la amígdala incluyen la producción masiva de hormonas del estrés que nos incitan a actuar en consecuencia.

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En rojo la amígdala, centro de gestión de las emociones (Wikimedia)

La adrenalina, la principal hormona liberada por la amígdala, es la alarma de incendios del cerebro. Esta moleculilla, también conocida como epinefrina, sube la presión arterial y el acelera el pulso, enviando más sangre al cerebro y a los músculos. Al respirar más rápido, aumenta el nivel de oxígeno en sangre el cuerpo puede quemar más azúcar y generar más energía. Harder Better Faster Stronger, que decían los Daft Punk.

Como podréis imaginar, lesiones en la amígdala dan lugar a comportamientos anómalos. Si nuestro botón del miedo no funciona o no está presente nos comportaremos de manera extremadamente agresiva y temeraria, pues el cerebro no es capaz de avisarnos de que corremos un riesgo. El caso de la paciente SM es de los más curiosos. Esta mujer, ahora en la cincuentena, perdió la amígdala a causa de una enfermedad degenerativa de nombre impronunciable. Se le realizaron toda clase de pruebas: tuvo que apuntar en un diario sus emociones durante un año, la rodearon de arañas, reptiles y toda clase de insectos y fue sometida a sesiones de cine de terror interminables, pero lejos de asustarse ella se aproximaba a los peligros y quería más. También se vio que SM no tenía el mismo concepto de distancia de seguridad con otros seres humanos que las personas con la amígdala intacta. ¡Vaya, a lo mejor es eso lo que les ocurre a los acosadores en el metro! Podríamos hacer la prueba: abrirles el cerebro para ver si hay algún problema ahí dentro. Aunque probablemente no percibamos nada anómalo. Esos individuos no tienen miedo a nada porque llevan siglos bajo el amparo de una sociedad enferma. Y no, a esa sociedad no le pasa nada en la amígdala.

Artículo publicado en El Lamonatorio para El Mono revista cultural (El Mono #63)

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*Imagen de portada: Flickr.

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