Mirra: de resina vegetal a regalo divino

Cuando los 3 Reyes Magos de Oriente llegaron a Belén con sus respectivos regalos para el Mesías, estarían completamente seguros de que al neonato palestino le iban a encantar. Lo de Melchor y el oro vale, porque estando las cosas como estaban (y siguen estando) en Oriente Medio, nunca viene mal para lanzarse a uno de esos éxodos por el desierto o comprar un visado falso para Estados Unidos. Gaspar, ese monarca poco carismático con barba pelirroja, le ofreció incienso a la Sagrada Familia, lo cual está también muy bien. Este conjunto de resinas y aceites esenciales, tanto vegetales como animales, suele utilizarse a menudo para aromatizar estancias (dejando de lado las liturgias religiosas, claro está), y aunque últimamente se ha relacionado con el desarrollo de ciertos cánceres, es probable que el establo donde supuestamente nació Jesucristo no oliera a rosas. Pero luego llega Baltasar y la lía con la mirra. ¿Mirra, en serio? ¿Pero qué demonios es la mirra? El pequeño Jesusito y compañía se debieron de quedar con cara de póker mientras el rey africano no entendía el desaire que esos pueblerinos harapientos le habían hecho a su increíble obsequio.

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Imaginaos qué cara pondríais si un monarca venido de tierras lejanas os entra con esto al paritorio (Fuente: Pixabay)

La mirra es una resina gomosa que se obtiene de un árbol nativo del cuerno de África, Arabia y Turquía. Commiphora myrrha, que es como se llama este arbolito, exuda a través de su corteza una sustancia pegajosa que posteriormente se seca en contacto con el aire y adquiere un tono rojizo u ocre. La mirra fue muy cotizada en la antigüedad, pues se decía que tenía propiedades terapéuticas y se sabía que hasta cierto punto podía aliviar el dolor. Incluso se usaba para curar quemaduras y embalsamar a los muertos (qué cachondo este Baltasar, guiño, guiño). Actualmente hay varios grupos de investigación que se dedican a estudiar si este compuesto es útil para el tratamiento de un gran espectro de dolencias. Veremos si sale algo bueno de ahí.

De momento el misterio de la mirra ha quedado resuelto y ya no tenéis excusa para contestar con propiedad si por casualidad oís a alguien por ahí refunfuñando estos días sobre el enigmático regalo del pobre Baltasar. Que encima que le hacen Blackface en casi todas las cabalgatas tiene que aguantar que desprecien su regalo. Malditos desconsiderados.

 

 

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