Especial ROBAR

La cleptomanía es un desorden mental muy molesto: el que lo sufre no puede evitar la continua tentación de robar. Si eres cleptómano robas impulsivamente cosas que no necesitas, véase los populares casos de Winona Ryder o Lindsay Lohan. Las causas de esta enfermedad aún son desconocidas, se dice que puede tener un componente genético y está relacionada con trastornos obsesivos-compulsivos. Al realizar el robo los cleptómanos segregan mucha dopamina, esto es, liberan neurotransmisores del placer y reducen su ansiedad, lo cual les genera una irremediable adicción.

En la naturaleza existen especies pelín cleptómanas. Les da por robar un poco de todo, a veces incluso a costa de la vida de otros individuos. El cuco es un ejemplo de animal manguta. Este ave roba huevos de nidos ajenos y deposita los suyos, para que así los adultos de otras especies críen a sus polluelos. Esto en ecología se llama cleptoparasitismo. Al nacer, el bebé cuco tira el resto de huevos o pollos que estén en su nido robado para así recibir todas las atenciones de sus padres de pega. Argumento digno de una peli de Antena 3 del sábado por la tarde. Contrariamente a lo que se pensaba, la ciencia ha desmentido el mito de las urracas ladronas. Un estudio reciente ha revelado que éstas no muestran preferencia sobre los objetos brillantes y que además manifiestan neofobia (miedo a las cosas nuevas), alimentándose en menor grado cuando la comida se encuentra cerca de algo que no pueden identificar. Si Rossini levantara la cabeza… Las gaviotas suelen ser cleptoparásitas nivel experto. Roban comida tanto a humanos (son como las palomas de las zonas costeras) como a otros animales: nutrias, pelícanos, patos, etc. Ellos lo guisan y ellas se lo comen. La hienas carroñeras a veces no lo son tanto, y pueden meter presión a un gran felino para que éste abandone su presa y ellas se den el festín. Más listas que el hambre, no como en El Rey León que parecían más tonticas que una Miss en el turno de preguntas.

Las plantas también roban. Estos fascinantes seres no se desplazan ni hablan, pero se adaptan de una manera fascinante a cualquier hábitat desarrollando innumerables estrategias de supervivencia. La flor cadáver (Rafflesia arnoldii) es un llamativo ejemplo. Tiene 1 m de diámetro y huele a carne putrefacta para atraer a las moscas que la polinizan. Obtiene su alimento de las raíces de otros árboles a los que parasita.

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Rafflesia arnoldii (Foto: PADANG GUCI)

El famoso muérdago debajo del cual hay que besarse según las pelis yanquis también es parásito. Crece sobre los árboles, robándoles el agua y los minerales. Casi todas las plantas parásitas lo son porque no poseen tejidos verdes con los que hacer la fotosíntesis: no tienen ni hojas ni tallos ni otras estructuras con clorofila para fabricarse su propio alimento, como harían el resto de sus compañeras. ¡Tendrán jeta!

El caso es que robar está impreso en el ADN de los organismos vivos: unos roban comida, sales minerales, agua, nidos, etc. Otros individuos se adueñan de dinero ajeno, joyas, bolsos o trajes. Los chori-genes de estos individuos hacen que desarrollen dismorfia facial, lo que vulgarmente se conoce como “tener más cara que espalda”, y parecen estar relacionados con la ocupación que desempeñan, la cual empieza por “p”. Eh, que no lo digo yo, lo dicen los datos. Y los datos nunca mienten.

El Lamonatorio en El Mono revista cultural (El Mono #41)

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