Especial HUMO

“Me sabe a humo, me sabe a humo. Los cigarritos que yo me fumo.” Los Chunguitos, a pesar de no saber conjugar el plural de los verbos, hacían alarde de una gran sabiduría con sus letras. Probablemente se habrían fumado alguna planta diferente al tabaco cuando compusieron esta canción.

El humo es hipnótico, crea atmósferas misteriosas y también genera sensación de peligro. Pero, ¿qué es el humo?. El humo no es sólo vapor sino que también es una suspensión de pequeñas partículas sólidas que proceden de una combustión incompleta (fogatas, brasas, motores, cigarrillos).

El humo nos intoxica: en un incendio morimos por asfixia porque el monóxido de carbono (CO) y las partículas sólidas que están en suspensión taponan los alveolos pulmonares, lo que nos impide respirar. Esto ocurre con el tabaco; su combustión puede producir hasta 4.000 sustancias que influyen en la salud del fumador, sobre todo el mencionado CO, alquitranes e irritantes.

La planta del tabaco, Nicotiana tabacum (de la misma familia que el tomate y la patata, por cierto), sintetiza y conserva en sus hojas de forma abundante un potente alcaloide, la famosa nicotina. Esta sustancia es la que nos genera adicción. ¿Cómo? En el sistema nervioso las señales se transmiten a través de las sinapsis o uniones entre dos neuronas. En esas zonas, el impulso nervioso se transforma en una señal química a través de los neurotransmisores. Éstos, de muchos tipos y con distintas funciones, se encuentran en unos “sacos” en las zonas de la sinapsis y se liberan hacia la siguiente neurona, donde se unen a sus receptores específicos y continúan con el impulso nervioso.

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Esquema de la sinapsis química (vía NIUCO)

La nicotina, que llega al cerebro en 7 segundos una vez pasa a la sangre desde los pulmones, se parece mucho al neurotransmisor acetilcolina y por ello “encaja” en sus receptores, provocando que se libere mucha dopamina, la cual regula entre otras cosas la motivación y los sentimientos de placer. A niveles normales, este sistema recompensa nuestros comportamientos naturales pero la sobrestimulación con nicotina u otras drogas produce efectos de euforia, que refuerzan su consumo y le enseñan al usuario a repetirlo. A medida que la concentración de nicotina en sangre baja (a las 2 horas aproximadamente), el fumador comienza a experimentar deseos de fumar. Lo que viene a ser el mono de toda la vida, señores.

Por cierto, ¿sabíais que la lechuga de mar, un alga típica de las islas británicas, se solía fumar? ¿Y las hojas de castaño, membrillo, maíz o girasol? Parece una costumbre digna de Hobbiton, pero lo cierto es que desde tiempos inmemoriales la humanidad se ha empeñado en ennegrecer sus pulmones con la primera planta que le ponían delante. Como decían aquellos, “Sin vicio no puedo estar. Vicio, vicio”.

El Lamonatorio en El Mono revista cultural (El Mono #36)

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